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Macro

Chinamérica: Crónica de un Divorcio sin Acuerdo

El fin de un matrimonio de conveniencia de treinta años. Cuatro guerras simultáneas y el pecado capital de la soberbia.

Gianfranco Licomati · Abril 2025 · Lectura 8 min
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Chinamérica. Una sola palabra que encierra un matrimonio de conveniencia entre dos gigantes, Estados Unidos y China, tan simbiótico como disfuncional. El término, que acuñaron originalmente el historiador Niall Ferguson y el economista Moritz Schularick, describe esa extraña dependencia mutua: China fabrica, ahorra y compra deuda estadounidense, mientras Estados Unidos consume, gasta y emite esa misma deuda.

Es una danza incómoda, pero hasta ahora necesaria. Lo interesante —y preocupante— es que Chinamérica ya no es solo un concepto teórico o literario: es una realidad que se está desarrollando en tiempo real. Lo hemos visto en la última semana.

China, irritada por los nuevos aranceles tecnológicos impuestos desde Washington, ha comenzado a soltar parte de su artillería: ha reducido su exposición al bono del Tesoro estadounidense y ha comenzado a vender dólares, moviendo el tablero financiero global. Es un recordatorio de que, aunque parezca estable, esta relación puede tornarse explosiva en cualquier momento.

Una trampa de oro

¿El problema? Que si uno cae, arrastra al otro. Estados Unidos necesita que China siga comprando su deuda. China necesita que Estados Unidos siga comprando sus productos. Es una relación de necesidad mutua en la que el divorcio parece imposible, pero donde cada discusión deja cicatrices.

Por eso estamos más que nunca en "Chinamérica". No por amor, sino por la imposibilidad de romper sin consecuencias desastrosas. Es una trampa de oro, un equilibrio inestable que define, desde las sombras, el destino económico del mundo.

El sistema que nos sostuvo durante décadas ha colapsado. Lo que funcionaba como un matrimonio perfectamente orquestado —América consumía, China producía— se ha roto definitivamente. Y lo más alarmante es que muy pocos están prestando verdadera atención a las consecuencias sísmicas de este divorcio geopolítico.

El fin de un matrimonio de fachada

Durante tres décadas hemos vivido en una burbuja económica donde China fabricaba productos baratos que inundaban los mercados occidentales, mientras utilizaba sus excedentes comerciales para comprar deuda estadounidense. Este ciclo aparentemente perfecto creó una ilusión de prosperidad infinita que ocultaba una trampa: mientras los consumidores americanos disfrutaban de productos cada vez más baratos, perdían silenciosamente sus empleos, sus derechos sociales y su capacidad para competir salarialmente.

Algunos no lo han visto venir, otros lo han llamado desindustrialización americana, otros mano de obra barata. Pero los resultados están aquí. Lo que parecía un intercambio beneficioso resultó ser un pacto masoquista: americanos y europeos comprando barato, pero endeudándose hasta niveles insostenibles y perdiendo gradualmente el control de su propio destino económico.

Los números del divorcio

Voy a explicarlo con cifras. América debe refinanciar 11 billones de deuda pública en los próximos 13 meses (un tercio de su deuda total de 38 billones). Su déficit presupuestario ha explotado hasta un insostenible 7%. Y el déficit comercial continúa ampliándose año tras año.

Pero más allá de estos indicadores macroeconómicos alarmantes, existe una fractura social devastadora: el 10% más rico de los estadounidenses posee el 88% del mercado bursátil. Sí, has leído bien. El siguiente 40% apenas controla el 12% restante. Y la mitad de la población no posee absolutamente nada de Wall Street, solo deudas.

El 10% posee el 88% del mercado bursátil. Y la mitad de la población no posee nada. Solo deudas.

Este último grupo es precisamente el ejército de "invisibles" al que Trump ha convertido en su base electoral. Trabajadores cuyos salarios llevan estancados tres décadas, sin acceso a atención médica adecuada, con un sistema educativo en ruinas y un "sueño americano" transformado en pesadilla. Pero esa es otra historia que ya contaremos.

Cuatro guerras interconectadas

Lo que estamos presenciando no es un simple reajuste económico ordinario. Estamos enfrentando simultáneamente cuatro guerras interconectadas.

La guerra comercial es la faceta más visible: aranceles, proteccionismo y una visión transaccional del comercio que Trump ha llevado al extremo, gravando incluso a países como Bangladesh o Vietnam de forma irracional, para luego negociar.

La guerra de capitales es potencialmente más destructiva: los bancos centrales globales están desmovilizando masivamente deuda estadounidense. Alemania incluso amenaza con recuperar su oro depositado en la Reserva Federal, señal de una profunda desconfianza en el sistema financiero americano.

La guerra tecnológica gira en torno a datos, IA y Taiwán, algo que ya hemos tratado en otros artículos. Y la guerra de clases sociales es una fractura interna que divide violentamente a ganadores y perdedores de la globalización, reflejada en la polarización política extrema, casi una guerra civil subyacente.

El equilibrio imposible de Trump

El verdadero desafío para Trump será intentar mantener objetivos aparentemente incompatibles: seguir con su guerra arancelaria para satisfacer a su base electoral —que espera una repatriación de las industrias, una verdadera utopía si consideramos la falta de trabajadores y la robotización creciente—, mantener a flote Wall Street evitando un colapso financiero y bajar tipos para refinanciar la deuda manteniendo controlada la inflación.

El verdadero drama se centra en el manejo de las tasas de interés. El 50% de estadounidenses endeudados es extremadamente sensible a cualquier subida. Para mantenerlas bajas se necesita controlar la inflación sin provocar una recesión severa, un equilibrio casi imposible en las circunstancias actuales.

Los aranceles, aunque presentados como herramienta para equilibrar la balanza comercial, funcionan en la práctica como un impuesto al consumo que pagan los propios estadounidenses. Si generan suficiente efecto disuasorio sobre el consumo, podrían provocar la recesión que Trump quiere evitar.

Un mundo fragmentado

La era de Chinamérica ha terminado irrevocablemente. El sistema que permitió urbanizar a 400 millones de agricultores chinos sin una gran guerra y que mantuvo la ilusión de riqueza en Occidente ya no es sostenible. La pirámide social en China está cambiando, la mano de obra ya no es tan barata, y el país ya no muestra el crecimiento infinito al que estábamos acostumbrados. Pero no nos equivoquemos: no es una democracia, y eso lo cambia todo.

Estamos entrando en un mundo fragmentado donde las macrorregiones económicas intentarán aislarse unas de otras para proteger sus intereses. Los capitales seguirán esta lógica de fragmentación, creando nuevas dinámicas de poder y dependencia. En esta nueva partida global, las reglas están cambiando más rápido que nuestra capacidad para comprenderlas, y los costes de la adaptación los pagarán principalmente quienes menos recursos tienen, como siempre.

La pregunta ya no es si podemos salvar el sistema Chinamérica, sino cómo navegaremos las turbulentas aguas de su colapso. Sobre todo como europeos, y si sabremos beneficiarnos de este cambio de paradigma en nuestro favor, o si seremos una vez más espectadores fagocitados en esta guerra.

Por cierto, que se me olvidaba: el pecado de este artículo es la soberbia. La soberbia de Estados Unidos al pensar que puede seguir mandando sobre el resto del mundo.

A #Pecar, Gianfranco Licomati